La investigación acción participación como metodología para temáticas de subjetivación y voluntades políticas y ciudadanas

Resumen del artículo Presentado por Luis Herrera.
La metodología no es estrictamente un campo que se detiene en el aprendizaje académico de una disciplina. No se intenta desmerecer en lo más mínimo los esfuerzos que se realizan dentro de los currículos y pensum de estudio respecto a los métodos y técnicas de investigación. En esta propuesta la metodología es también tomar partido por opciones políticas. Bajo esta directriz, se destaca las perspectivas de las ciencias sociales que toman partido por el cambio social y estructural y no por las que apelan a una esencia neutral  e inexistente.
El conocimiento científico conlleva utilidad y razón de ser para corrientes como el marxismo. Este es un legado que no debe despreciarse desde facilismos epistemológicos,  sumamente excluyentes, que se posicionaron como paradigmas luego del fracaso de los regímenes socialistas en la Unión Soviética y en la Europa del Este. Defender la pertinencia de aquellos  socialismos  considerados “reales”, sería una tarea absurda. Lo que se plantea es recuperar ese espíritu de articular a la ciencia como interpretación de la realidad, que fomente y se aplique en prácticas transformadoras de realidades sostenidas en estructuras de dominación, sean de clase, género, generación, etnia o cualquier tipo de coloniaje racista, primacía patriarcal-héterosexual y privilegio  adultocéntrico. Bajo esta línea analítica, la investigación debe corresponder a la perspectiva científica por la emancipación social y la construcción de procesos interculturales, más que de igualdad[1].
Lo recientemente expuesto puede provocar confusiones innecesarias. El planteamiento metodológico es más amplio que los ámbitos y linderos de la ciencia; es decir, se basa en el diálogo de saberes y no en visiones que pretenden patrimonializar la exclusividad en cuanto a la verdad  sobre  los hechos sociales, por más que se inspiren en el mayor grado de objetividad a través de la interpretación[2]. Resulta muy oportuno conectar al diálogo con la ciudadanía; dos conceptos y prácticas muy comunes al mundo de la antigua Grecia, pero sin superponer las posturas socráticas-platónicas-aristotélicas sobre las sofistas. Se intenta, entonces, poner en una perspectiva dialógica y polífónica los aportes de la pluralidad de democracias (conforme a cada sociedad, como lo sostuvo el sofista Protágoras) con la definición de polis de Aristóteles (muy rescatada por Hanna Arendt), debido a su protagonismo  de la acción desde lo político. En resumen, el conocimiento debe gestarse en esos intensos diálogos entre Sócrates y cada uno de los sofistas.
Cuando se sostiene el diálogo de saberes como un paradigma legítimo y de contundencia actual, se está incluyendo a diversas formas de construir conocimientos y prácticas.  Como lo sostuvo Hume, el científico no debe dejar  de ser hombre, pero tampoco  debe excluirse la perspectiva científica, como claramente lo afirmó Fals Borda. Tanto seres comunes y corrientes, como para la variedad de científicos. Se enfatiza en esta consideración, porque la realidad no puede ser concebida solamente desde la racionalidad, sino en combinación con una integridad de otras facultades: la corporalidad y la emotividad, muy al estilo de Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Deleuze y por una amplia y heterogénea gama de actores-actoras sociales, sus creencias,  conocimientos, experiencias y prácticas.
Es oportuno mencionar que la metodología creció con la etnografía. Al respecto, son ilustrativas las contribuciones de los interaccionistas simbólicos o etno-metodólogos (Garfinkel, Blumer, entre otros)  y de la antropología posestructural (Geertz, Clifford, Rosaldo, entre otros). La corriente de los interaccionistas simbólicos ya posicionó con valor de objetividad a las versiones que los actores-actoras sociales tienen de su propio contexto, a lo que llamaron reflexividad. Los antropólogos posestructuralistas, en cambio, relativizaron a lo científico y proyectaron al conocimiento como subjetividad-emotividad, incluso, fuera de los ámbitos de la ciencia, la racionalidad y la universalidad.  Ser partidario de una línea de trabajo resulta limitante y parcial al tratarse de problemáticas de complejidad como las sociales; consecuentemente, es preferible optar por las propuestas más integradoras. En esa tónica, la investigación-acción-participación latinoamericana, logró una adecuada coherencia entre lo racional-emocional, entre el sujeto-objeto, entre la teoría- práctica, entre el conocimiento-política, entre la ciencia-saberes y entre metodología-participación. No creo factible  siempre aplicar la propuesta metodológica de la iap, pero si referenciar sus aportes como  una perspectiva epistémica que se dirige a aprender de los actores-actoras sociales, como también a generar conocimientos críticos y procesos de lucha política.
[1] La interculturalidad se sostiene en la construcción permanente del compartir poder, no como una utopía que se logra algún momento, sino como procesos abiertos al consenso-disenso, a la pluralidad-universalidad, a la nacionalidad-plurinacionalidad, a la ancestralidad-modernidad,  a la armonía-conflicto, es decir, no existe una última y final esencia de lo social, por más igualitaria y paradisíaca que se la conciba.
[2] Esta es una postura defendida, con mucha prolijidad, por Max Weber.
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